RUBERT DE VENTOS

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Xavier Rubert de Ventós

Rubert de Ventós, Xavier (1939- ), filósofo y político español. Nació en Barcelona en 1939 y su actividad intelectual alcanzó notoriedad a partir de la publicación de los ensayos El arte ensimismado (1963) y Teoría de la sensibilidad (1968), que alcanzó una gran difusión y recibió una calurosa acogida por parte de numerosos poetas e intelectuales, pese a desmarcarse de forma clara de los planteamientos teóricos dominantes en aquella época en la cultura española, que se alineaban en torno a las diversas corrientes del marxismo y a la recepción de las corrientes en boga en el mundo cultural francófono, articuladas por la influencia de Jean-Paul Sartre, el espectacular estallido del estructuralismo, el psicoanálisis y las primeras manifestaciones de la nouvelle vague, sobre todo.

Autor prolífico, ha escrito tanto en catalán como en castellano, desarrollando en su obra una amena e independiente apuesta crítica sobre el mundo moderno, orientada por la preocupación estética y política.

Profesor de estética en la Universidad de Barcelona y catedrático de la politécnica, participa en 1976 en la fundación del Colegio de Filosofía, al tiempo que sigue publicando textos de muy distinta factura que evidencian su disconformidad con la tradición filosófica ortodoxa y comprenden desde el ensayo hasta el aforismo, los dietarios personales o el análisis histórico, como Moral y nueva cultura (1971), La estética y sus herejías (1974), De la modernidad (1980), Conocimiento, memoria, invención (1982), Ensayos sobre el desorden (1986), Europa (1987), El laberinto de la hispanidad (premio Espejo de España, 1987) o El cortesano y su fantasma (1991), entre otros.

Diputado al Congreso entre 1982 y 1986 por el PSOE, accedió en 1987 al Parlamento europeo.


Xavier Rubert de Ventós

>> "Un gran pensador dóna per a moltes cuines i diferents èpoques i d'aquí a vint anys a Sartre se'l llegirà d'una altra manera. És evident que algunes de les seves aportacions transcendeixen la seva obra. Com Heidegger a Alemanya, Sartre és un autor inevitablement imitat perquè l'element important del seu pensament no és el missatge, sinó el codi, és a dir les estructures que ens dóna per mirar la realitat. D'altre banda, però, és un pensador d'una gran conjunturalitat, molt lligat al seu temps i que, com la majoria d'intel·lectuals, s'equivoca. La juxtaposició d'aquests dos factors explica que la seva figura susciti opinions tan enfrontades i que sempre estigui en el punt de mira d'uns o altres".


Randa, Escola Estudis Polítics :

A la recerca de paradigmes alliberadors.

Els cursos del dimecres de Randa, Escola d'Estudis Polítics enguany se celebren als locals de la Fundació pels Drets Col·lectiu dels Pobles. Rocafort, 242, bis.
Informació i matrícules: Tel. (93) 322 03 38. Fax 444 38 09

• Introducció a la geo-política i a la dialèctica de civilitzacions. Joc de Go.
• Filosofia i política.
• Introducció als problemes polítics de l'Estat modern.
• Introducció a l'anàlisi global. De la dialèctica a la complexitat.
• Les relacions entre les ciències de la naturalesa i les ciències socials. La transdisciplinarietat.
• Gènere i política.
• Estat, nació i societat. Interculturalitat. De l'homogeneïtat al pluralisme cultural i civilitzacional.
• La construcció d'una identitat mediterrània.
• Els subjectes socials i polítics: el debat entre liberalisme i comunitarisme.
• Els moviments socials.
• Ecologia, població, territori i política.
• Cultures econòmiques.
• Els mitjans de comunicació.
• Comunicació, mediació i resolu-ció de conflictes.
• La prospectiva.

Professorat de l'escola: Josep Ma. Terricabras, Raimon Panikkar, Lluís Ma. Xinnacs, Jean Loup Herbert, Xavier Rubert de Ventós, Joan F. Mira, Àngel Castinyeira, Arcadi Oliveras, Gabriela Serra, Basarab Nicolescu Tomàs Villasante, Stefano Puddu, Agustí Nicolau, Fèlix Martí, Joan Ma. Tresserras, Joan Roca, Josep Ma. Navarro, Carles Riera.


ENSAYO
"Dios, entre otros inconvenientes"
XAVIER RUBERT DE VENTÓS
Editorial Anagrama
Más avances

Publicado en el suplemento Libros de La Vanguardia:

Reseña de la obra

Capítulo 10

Ser políticamente (y estéticamente) correcto

Cuando estaba en la Universidad de Berkeley, una chica amenazó con abofetearme porque osé abrirle la puerta de la biblioteca, ofreciéndole pasar delante de mí. Son of a bitch, es todo lo que me dijo, convencida al parecer de que cualquier gesto cortés no era sino una paternalista humillación hacia su sexo.

Pocos días después conocí en la misma universidad a un par de chicas simpatiquísimas, una muy fea y una muy guapa, que se habían inventado un grupo reivindicativo contra lo que denominaban el Imaginismo. El grupo operaba de la siguiente manera. Empezaban por buscar en el periódico un anuncio donde se solicitara una secretaria con conocimientos de informática, idiomas y demás. Iba a la entrevista la primera de ellas, demostrando su competencia en todo aquello que se pedía. A continuación iba la segunda, la guapa, que mostraba un angelical desconocimiento de la informática e incluso de la gramática. Y cuando (como pasaba a menudo) contrataban a la guapa, el grupo denunciaba a la empresa ante los tribunales. Allí argumentaban que la selección no se había hecho a partir de los criterios publicados en la convocatoria, y formalizaban una demanda por estafa. Debo añadir que, cuando yo las conocí, habían ya ganado bastante dinero en concepto de ‘‘daños y perjuicios’‘. Eran, sin lugar a dudas, el grupo contestatario más rico de toda la Universidad de California.

Ejemplos más o menos pintorescos de este tipo se producen hoy en todas partes. Son los que suelen recoger y citar muchos intelectuales para quienes lo culturalmente correcto es denunciar o ironizar sobre lo políticamente correcto: que si ahora no se puede hacer la corte sin arriesgarse a que la chica te denuncie por acoso sexual; que si quieren cambiar el lenguaje para que no ofenda a las minorías de todo color y pelaje, etc., etc. ¿Y adónde iremos a parar con tanta quisquillosidad militante que pretende tirarnos de la lengua como quien nos tira de las orejas? ‘‘La lengua’‘, advierte ahora Javier Marías, ‘‘no se cambia por el deseo de un determinado grupo social (...) y es una inadmisible cursilería que alguien intente coartarla o restringirla según sus gustos o su hipersensibilidad.’‘ La cursilería o la hipersensibilidad, se entiende, de las mujeres o los negros, de los disminuidos físicos o los representantes de lenguas minoritarias que reclaman ahora algún tipo de discriminación inversa, económica o lingüística.

Los pensadores europeos estamos ya acostumbrados a estar de vuelta (y a poner de vuelta y media) todo lo que en los Estados Unidos ocurre y de allí pretende cocaclonizarnos. Desde Hegel y Heidegger se corrió la voz, y hoy todos lo sabemos: Estados Unidos es algo a la vez gigantesco e incipiente, hinchado e infantiloide. Lo que allí se produce son cosas que aquí ya han pasado, o que, por si las moscas, hemos decidido que ‘‘no pasarán’‘. No pasarán los telepredicadores, las hamburguesas, el racismo, la caza de brujas, las convenciones políticas con sombreritos y demás efectos especiales. Pues bien, el último, o penúltimo, de estos fenómenos que no iba a pasar fue el de la corrección política: ‘‘Esa etiqueta tan genuinamente americana’‘, según la define Vicente Verdú, ‘‘con la que pretenden sustituir las reformas por un lenguaje eufemístico y reformador.’‘

Yo creo, sin embargo, que lo de la ‘‘corrección política’‘ es más y es menos que eso. Es más, porque responde a una moderna percepción y comprensión de los fenómenos sociales que Estados Unidos vive directamente, a la intemperie, y nosotros a su abrigo, en la estela por ellos abierta. Pero es también menos, porque con el término ‘‘corrección política’‘, los norteamericanos no han hecho sino bautizar y hacer explícito algo que en Europa veníamos ya practicando a nuestra manera. ¿Cuál era y es esta manera?

El único lenguaje correcto entre los intelectuales euro­peos fue durante años el de la transgresión o la revolución (de ahí que autores como Camus o Aron hayan tenido que esperar más de treinta años para acabar de ser amnistiados). Correcto era denostar la tele, hasta acabar, como dice Gil Calvo, ‘‘no dominados por medio de la televisión sino por miedo a ella’‘. Correcto era también ironizar sobre los lobbies americanos o escandalizarse de que allí se pague con una embajada a quien ha financiado la campaña del Presidente (aquí, ya se sabe, era más correcto financiar los partidos creando sociedades para delinquir). Como correcto era que cada Estado se empecinara en responder a la crisis yugoslava según su memoria imperial y sus propios problemas internos (de ahí que para franceses y castellanos los serbios fueran ‘‘los buenos’‘, para los alemanes lo fueran los croatas, etc.), enzarzándose así en una discusión sobre si son galgos o podencos que dejaba en manos americanas la tarea –y sobre todo la manera– de frenar a los serbios. Y así, tan políticamente correcto como fue en los sesenta manifestarse contra el intervencionismo americano en Vietnam, lo ha sido luego que ellos nos saquen las castañas del fuego en nuestro propio backyard.

También la política de ‘‘cuotas’‘ y discriminación positiva para mujeres, negros u otras minorías, parecía a muchos europeos un exótico producto de la corrección americana. No dudaban, en cambio, a la hora de defender otras cuotas: la ‘‘excepción cultural’‘ para el audiovisual europeo, por ejemplo, que debía protegernos del embrutecedor entertainment americano; o la cuota de funcionarios y de lenguas nacionales en cualquier organismo europeo. Lo que para muchos no era correcto, eso no, es que en España aspiraran a esas cuotas o protecciones las lenguas que más lo merecen y necesitan. Y no era correcto, entre otras cosas, porque con ello se atentaba a la libertad y agilidad de circulación de unos funcionarios para los que todo destino –Tenerife, Bilbao o Valencia– no había sido sino un hito en su más o menos larga marcha hacia la Corte. Una corte a la que se aproximaba el nómino siguiendo el conocido principio de que ‘‘los funcionarios son como ríos que van a parar al mar, que es Madrid’‘.

Mi intención no es tanto denunciar la viga en el ojo europeo (o español) como defender lo bien fundado de la paja en el ojo americano –la misma de la que cuelgan los innumerables chistes y anécdotas que sobre la ‘‘corrección política’‘ se cuentan por aquí. ‘‘Es curioso’‘, me dice un amigo, ‘‘con eso de la Biblia “políticamente correcta” ahora resulta que el/la Dios es bisexual: ¡acabáramos!’‘ Y un profesor de Nueva York se lamenta: ‘‘¿Competir yo con una lesbiana negra para el puesto en la universidad? Misión imposible. Ella acumula cuota de minoría sexual, de minoría racial, de minoría preferencial: tantas cuotas juntas son imbatibles.’‘ Éstas son las historias tenidas por jocosas con que se despacha a menudo el tema, luego de haber advertido de todos los peligros que para la verdadera igualdad comporta ese ‘‘maquillaje’‘, tan americano, de los auténticos conflictos y desigualdades.

Yo no lo veo así. A mí me parece todo lo contrario de un maquillaje; me parece un síntoma a la vez que una buena pista para algo que había pasado desapercibido y que sólo Lévi-Strauss advirtió. Según él, ocurre con los fenómenos históricos y sociales lo mismo que con la pasta italiana: que ‘‘saben’‘ distinto según el corte o segmentación que de ellos hagamos. Así, una historia del día a día adquiere el aroma y ‘‘sabe’‘ a Psicología: a la petite histoire de los amores, corruptelas o intrigas de palacio. A una periodización más amplia –de lustro en lustro, digamos– le salen ya batallas, e incluso relaciones de producción, de modo que comienza a saber ya a Historia, y, ampliando algo más el foco, incluso a Economía o Sociología. Segmentada en trozos más gordos aún, digamos en siglos o milenios, aquella historia o economía acaba pareciéndose a la Geología:las migraciones de los pueblos a los movimientos de los glaciares, y así sucesivamente. Pues bien, desde una perspectiva análoga, los modernos estudios de la ‘‘larga duración’‘ nos han revelado que muchos fenómenos que creíamos inscritos en la naturaleza humana no son sino su obra: el lento producto del enfrentamiento y adaptación de una especie a su entorno. Y también que los caracteres o funciones atribuidos a hombres o mujeres, adolescentes o enfermos, judíos o extranjeros, son una construcción que nos permite hoy hablar de una ‘‘historia natural’‘ de la infancia, de la muerte, de la homosexualidad, etc.

La construcción o diseño de hombres y mujeres, judíos y gentiles, normales y perversos, sanos y enfermos, sólo llega a hacerse firme mediante la consolidación tanto social como verbal de estos ‘‘tipos ideales’‘ gracias a un trabajo constante de ‘‘naturalización’‘: de limitaciones impuestas a su apareamiento, actividad profesional, integración social, etc. Limitaciones que acaban operando como profecías que se autocumplen (los judíos no pueden poseer tierras ni bienes inmuebles, luego son unos comerciantes y usureros) y que a medio o largo plazo culminan con su consolidación verbal: cuando los prejuicios respecto de un grupo se semantizan y llegan a perfilar de un modo aparentemente neutral la discriminación de que son objeto: (‘‘¿No le conoces?’‘, oí decir en una cola de autobús, ‘‘es uno de esos charnegos o sudacas que siempre te hacen alguna judiada’‘). Como decía Savater, se empieza a hablar de ‘‘gente ilegal’‘ (inmigrantes irregulares) y se termina apoyando leyes de ‘‘higiene social’‘.

Vista desde esta perspectiva, la acción de terciar tanto en la contratación (discriminación positiva para minorías) como en la designación (lenguaje políticamente correcto) de los grupos marginales o minoritarios no parece sino un tímido intento de paliar o compensar la desigualdad de oportunidades de que parten. Con ello se reconoce al menos que el pasado se construyó en buena medida a sus expensas, y que el lenguaje mismo con que se los nombra viene a reforzar y perpetuar aún esa condición. ‘‘La maravilla del lenguaje’‘, decía Merleau-Ponty, ‘‘es que se hace olvidar detrás de lo dicho.’‘ Ésta es su maravilla, en efecto, y éste es también su mayor peligro: el de hacernos tomar las palabras por las cosas –o las definiciones por meras y asépticas descripciones. ¿Acaso modista-modisto, cocinero-cocinera no son términos que designan diferencias de estatus en algo que ha perdido el género? (‘‘tengo una cocinera que es un auténtico cocinero’‘; ‘‘mi modista nada tiene que envidiar a un modisto’‘). Pues de igual modo seguimos dando a las palabras ‘‘hombre público’‘ y ‘‘mujer pública’‘ un sentido que ayuda a mantener como actuales y normales situaciones absolutamente vejatorias. Por algo todos sabemos aquello de que ‘‘un hombre público que queda mal en público es como una mujer pública que queda mal en privado’‘.

Pero este voluntarista intento de reparar el pasado tiene aún otra cara: la de preservar el futuro. Nuestra capacidad técnica de intervenir en el futuro, de explotarlo incluso, se ha ampliado enormemente. De ahí que, si antes la única tentación fue consolidar el pasado dando por válida y ‘‘natural’‘ la gramática de su definición y roles, ahora lo es también la de exportar al futuro los costes de nuestro ‘‘desarrollo’‘ endosándole las letras de nuestro déficit y los desechos de nuestra producción. Una operación que puede interesar a quien le quedan veinte o treinta años de vida –y, por descontado, a quien sólo pretende ser reelegido al año siguiente– pero de ningún modo a las generaciones que tienen la vida por delante y que vivirán del oxígeno o del clima que les dejemos.

Más allá de su caricatura, la corrección política aparece así como el legítimo intento de ‘‘corrección en curso’‘ tanto de las inercias sociales y lingüísticas que atenazan el presente como de las tendencias predatorias que amenazan el futuro de la tierra.

Imaginismo y que comparaban a la xenofobia o al racismo. ¿Cómo lidiar con ella? ¿Qué actitud tomar ante las consecuencias sociales de ser guapo o ser feo? ¿Qué hacer con esta tácita y difusa tendencia que nos lleva a mirar y mimar a los más bellos en detrimento de los ‘‘menos favorecidos’‘?

Yo creo que aquí lo honesto y efectivo no es negar nuestros prejuicios sino tomar conciencia de ellos para llegar, eventualmente, a compensarlos. Así es como debemos enfrentar nuestra creciente tendencia a valorar las personas bonitas y a sentir menos afecto por las feas o las gordas. Y digo creciente porque la importancia de la apariencia física, del semblante y de la primera impresión, ha aumentado enormemente en una sociedad urbanizada y, sobre todo, dominada por la imagen. No se trata sólo de que las imágenes del cine o la televisión nos ofrezcan constantemente ideales de belleza difícilmente accesibles para los ciudadanos normales. Se trata también de que, en el cine, la bondad o la maldad son, antes que nada, rostros, expresiones, gestos donde se adivina instantáneamente la bondad o la maldad, la sinceridad o la doblez de los personajes.

El cine, en efecto, nos ha enseñado a todos a ser todos un poco ‘‘frenólogos’‘, y la ciudad donde vivimos es la que acaba por exigírnoslo. En el pueblo o la aldea, la gente es todavía quien es: más allá de su ‘‘apariencia’‘ está su origen, su familia, su historia pasada, que todos conocemos. En la ciudad, en cambio, apenas somos sino lo que parecemos. La impersonalidad y la movilidad social nos obliga a juzgar rápidamente al prójimo a partir de primeras impresiones, que pocas veces tendremos ocasión de corregir o revisar. Y así es como todos nos hemos ido haciendo especialistas en adivinar una personalidad o un carácter detrás de un rostro, un gesto, un traje. Es por nuestro porte o atractivo a primera vista por lo que somos bienvenidos o rechazados, contratados o ignorados. Y es bien sabido que el rasgo más decisivo de una fisionomía es la belleza. Ya desde la infancia los niños bonitos son más atendidos que los feos, y la reacción enfurruñada de éstos es tomada como confirmación de que ‘‘ya se les veía en la cara’‘.

Es justo denunciar la discriminación en el mercado de trabajo por motivos de belleza o de atractivo, sin duda. Pero es también necesario que bellos y feos tomen conciencia de que esta discriminación opera y continuará operando, a pesar de todo. ¿Estoy sugiriendo con ello que hay que hacer a la gente consciente, más consciente todavía, de la importancia de su apariencia física? Ni más ni menos. Sólo sabiendo uno de dónde parte, puede evaluar después hasta dónde ha llegado. Ser consciente del propio handicap puede permitir también superarlo o neutralizarlo, cosa que nunca podrá quien no acaba de comprender por qué le tocó la china y las cosas no marcharon como esperaba.

El dogma liberal querría que la apariencia u otros factores genéticos no tengan una influencia decisiva en la vida de los individuos. ‘‘La idea implícita que existe en nuestra sociedad’‘, decía E. Bescherd, ‘‘es que vivimos en un mundo en que cada cual recibe aquello que merece.’‘ La cara oscura de esta idea es la convicción de que, si nos ha tocado la desgracia o la miseria, algo habremos hecho para merecerla, ya que el punto de partida era igual para todos. Ésta es la creencia liberal que culpa al desgraciado de sus males al tiempo que exime al agraciado o privilegiado de toda responsabilidad hacia los demás. De aquí mi tesis en este capítulo que resumo ahora en tres puntos: 1) contra la desigualdad social de oportunidades hace falta luchar; 2) con la desigualdad de oportunidades físicas o psíquicas hace falta, además, aprender a contar; y 3) ante la desigualdad sancionada ya por los usos y el lenguaje mismo hay que compesar sus efectos, aunque de momento no se haya inventado un expediente más eficaz que el de la ‘‘discriminación positiva’‘ ni nada menos cursi que el de la ‘‘corrección política’‘.


TRES EJEMPLOS DEL PENSAMIENTO ESPAÑOL ACTUAL
Propuestas para pensar
Rubert provoca y seduce
Texto íntegro del capítulo décimo del libro ''Dios, entre otros inconvenientes'', en Avances Editoriales
La Vanguardia - 04:15 horas - 12/01/2001
CLARA GOMIS BOFILL
MANÉ ESPINOSA
El autor del ensayo "Dios, entre otros inconvenientes", Xavier Rubert de Ventós

ENSAYO
"Dios, entre otros inconvenientes"
Xavier Rubert de Ventós
ANAGRAMA · 178 PÁGINAS · 1.900 PESETAS


Harto de los tópicos y banalidades que saturan hoy en día el discurso sobre las cosas, Xavier Rubert de Ventós (Barcelona, 1939) se complace en ir a contracorriente. Hay un placer enorme en ser inconveniente, en provocar el desorden, en escandalizar a quienes se prestan a ello. En el caso de Rubert, sin embargo, no se trata de destacar, de provocar sin más ni de aparentar lucidez a base de cinismo. Se trata de reconocer la ambigüedad de las cosas pensando el reverso, el matiz olvidado, la otra cara del asunto para así com-pensar y completar los discursos. Es lo honesto y efectivo. Es su manera de ser filósofo.

Autor de libros de referencia como "El arte ensimismado", "Setmana Santa" o "Teoría de la modernidad", Rubert se propone ejercer en su nuevo libro de "contrapeso al bulto de las evidencias unánimamente compartidas y aclamadas". Ciertas ideas constante y acríticamente repetidas, ideas incluso como la bondad de Dios, la razón o el amor, se convierten en un inconveniente para pensar el mundo. Los discursos se banalizan a fuerza de repetirlos, las palabras se vacían de significado con su uso. "Esas opiniones que hoy nos certifican que el amor es bueno, la tele es mala, el pensamiento único peor o el fundamentalismo el acabose, etcétera, etcétera. ¡Qué claro todo, qué lindo, qué sencillo, que beatífico, qué asco!"

Tanta certeza y unanimidad son sospechosas. Todo tiene su contrapartida, su claroscuro. Por respeto a las cosas mismas, se impone romper la inercia del pensamiento, reflexionar y, si es preciso, invertir los términos: estimar la tele-maruja; criticar al intelectual crítico; elogiar al Papa; defender sexo, tabaco y chocolate; desconfiar de la razón y del amor; no creer en el lenguaje. Éste es el decálogo programático que desgranan los diversos capítulos del libro, "viejos artículos y nuevos análisis" que proponen creer, no creer, estimar, elogiar, criticar, temer, rehusar, transformar, ser… según qué sea preciso, en cada caso, com-pensar, defender o denunciar.

"Elogiar al Papa, a pesar de sus riesgos", por ejemplo, porque debe creer realmente en lo que predica cuando osa predicar cosas (sobre la vida y la anticoncepción) que ni siquiera su propia parroquia desea oír; "Estimar la tele-maruja" porque permite a los marginados de la Cultura -con mayúscula- reconocerse, recuperar su legitimidad y salir de su escondite. "Ser políticamente (y estéticamente) correcto", en fin, porque lejos de ser una cursilería, los "las/los", "el/la" y discriminaciones positivas que ahora nos incomodan son el necesario legado al futuro de un lenguaje y unas acciones sociales no contaminadas por prejuicios y desigualdades de base.

Respecto al cómo decir estas cosas, Rubert lo tiene claro. "Para escribir un artículo, hay que aprender a decir muy pocas cosas. Pocas y bien planchadas. Lo suyo es una ocurrencia previsible y sencilla, que baste al lector acariciar con la mirada sin necesidad de descifrarla; algo ya sabido a lo que un ejemplo pintoresco o cierta dosis de ironía le den algo así como un nuevo sabor y aroma." Véanse las sorprendentes metáforas culinarias de Rubert de Ventós que comparan la espiritualidad norteamericana con el ketchup o lo imperfecto, es decir, "inhumano", de los ordenadores de acuerdo con su incapacidad para comer indistintamente "cacahuetes, pescado hervido o macarrones". O el humor y la ironía de cuando se pregunta, más o menos, cómo puede alguien que ha sabido escalar dentro de una institución, creer todavía en ella; o cuando afirma que tanto han errado los intelectuales "que bastaba a menudo creer o hacer exactamente lo contrario de lo que ellos decían para acertar sobre cualquier cosa".

No puede evitarlo. Incluso cuando pretende decir que está harto, Rubert lo dice bien: reflexiva, hábil, valientemente. Y si en algunos aspectos no se muestra ecuánime y emplea un tono ácido e irreverente ("¡Qué delicado sentido de la continuidad y de la proporción para ocuparse en mantener una cantidad de sufrimiento y de desesperación constantes!"), tal extremo es compensado con un par de artículos de la más exquisita sensibilidad espiritual ("Callar para creer", "Admirar sin vocación"). No es necesario, pues, estar de acuerdo con todas y cada una de sus afirmaciones; basta con reconocer en ellas su justa sensibilidad -aquella que es, a la vez, denuncia y plegaria- para experimentar, leyendo su libro, el placer de la admiración y la gratitud.