EUGENIO TRIAS

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Trías, Eugenio (1942- ), filósofo y escritor español. Nació en Barcelona, ciudad en la que reside y que ha inspirado no pocas de sus páginas sobre la arquitectura moderna y algunas figuras de la cultura catalana, en especial el poeta Joan Maragall, a quien dedicó el ensayo El pensamiento cívico de Maragall (1985). Profesor de la Universidad Autónoma y de la Escuela Técnica de Arquitectura de su ciudad natal, destacó en la década de 1970 por conciliar su afección por la denominada gauche divine, bohemia progresista de origen burgués de la Ciudad Condal, con un paciente, y muy a menudo incomprendido, trabajo filosófico, caracterizado por su extremado rigor, la densidad de su rica escritura y la independencia de criterio respecto a las escuelas teóricas tradicionales.

Su interés por el universo de los pensadores en lengua alemana le llevó en los setenta al análisis de las doctrinas de Georg Friedrich Wilhelm Hegel, Friedrich Nietzsche, Karl Marx, Michel Foucault y Gilles Deleuze, autores que orientan las preocupaciones de sus primeros ensayos, entre los que destacan La filosofía y su sombra (1969), Drama e identidad (1974), El artista y la ciudad (1976), El lenguaje del perdón (un ensayo sobre Hegel), Tratado de la pasión (1981) y La filosofía del futuro (1983). A este periodo pertenece asimismo uno de sus más celebrados textos, Lo bello y lo siniestro (Premio Nacional de Ensayo de 1993), donde contrasta la filmografía de Alfred Hitchcock con la elaboración de una estética autónoma y visual crítica con el mundo moderno.

Es a partir de estos años cuando su reflexión filosófica tiende a fundamentar una ontología del ser humano donde retoma la metáfora nietzscheana —convertir la ‘marcha del cangrejo’ en una metodología histórica y antropológica— con los presupuestos críticos de Foucault, al objeto de profundizar en el papel de las religiones en la evolución de la humanidad y en sus plurales simbologías y controversias. De este empeño resultan obras de la entidad de Los límites del mundo (1985), La aventura filosófica (1988) y su monumental La edad del espíritu (1994), donde su pensamiento integra la inquietud por la estética, la filosofía de la religión, la ética y la ‘lógica del límite’, núcleo que articula sus últimos escritos. Catedrático de Historia de las Ideas de la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, recibió en 1994 el Premio Internacional Friedrich Nietzsche, concedido al conjunto de la obra de un pensador, y en 1996 publicó Diccionario del espíritu, texto donde delimita el territorio existente entre la fe religiosa y la razón filosófica en el fin del milenio.


Viernes, 13 de noviembre de 1998 EL MUNDO periodico

TRIBUNA LIBRE
EUGENIO TRIAS

Persona y comunidad

NO me gusta el concepto de individuo. Nunca me he sentido cómodo con él. Es un concepto negativo (lo indiviso, lo que ya no puede ser objeto de división), pero carece de propiedades positivas y afirmativas. Otra cosa es el viejo concepto estoico de persona. Los estoicos atribuían a ésta «cualidades propias», algo así como un estilo propio y singular que no podía ser reducido a la simple e indiferente distinción cuantitativa entre un individuo y otro. La persona es singular en el sentido en que hablamos de «singularidad» como opuesto a lo que es corriente o común, o perteneciente a una media estadística. O en ese curioso sentido en que usan el término los astrofísicos cuando hablan de «singularidades» del espacio-tiempo (en relación a aconteceres o eventos que no parecen cuadrar con el marco o paradigma teórico de que se echa mano). Singularidades son, por ejemplo, los «agujeros negros»; también la «gran explosión» que se asume en las hipótesis cosmológicas más consensuadas.

Pues bien, yo sostengo que somos personas y no individuos. Y que lo que especifica nuestro carácter personal es una singularidad capaz de expresarse en un estilo propio, imposible de intercambiar o delegar a otro u otros; todo aquel conjunto de «cualidades propias» (como decían los estoicos) que nos constituye en eso que cada uno de nosotros somos. Esa singularidad es afirmativa y positiva. Y tiene cierto carácter indefinible y descomunal, como sucede con las «singularidades» que descubren los físicos o astrofísicos teóricos.

El concepto de persona debe ser rescatado. Es erróneo pensar que tal concepto sólo puede asumirse desde parámetros mentales cristianos, neoescolásticos o «personalistas» (al modo, muy respetable por lo demás, de Emmanuel Mounier, el fundador de la prestigiosa revista francesa Esprit). El concepto tiene raíces estoicas; y con gran inteligencia fue integrado e incorporado por tradiciones cristianas, hasta llegar a la escolástica medieval.

Persona, per-sona, significa máscara. Desde mi libro Filosofía y Carnaval hasta Meditación sobre el poder fui dando vueltas a esta sencilla definición de lo que somos. Somos aquella máscara que nos constituye en sujetos abiertos a relaciones con los demás; y que nos isntituye en sujetos de derechos y obligaciones (como en la noción jurídica de «persona» en el Derecho Romano, donde acaso hay cierta huella de la especulación estoica). Somos aquella máscara a través de la cual resuena una voz (que eso significa per-sona, per-sonare, o resonar «a través de»...) Esa es nuestra voz, la que nos constituye en lo que somos.

¿Qué dice o enuncia esa voz? ¿En qué conjugación verbal se produce en nosotros, en nuestra realidad de máscaras, esa voz que oímos en nosotros mismos? Yo sostengo que esa conjugación es imperativa. Y ese imperativo verbal únicamente nos conmina a ser, o a llegar a ser, eso que somos (en tanto que seres humanos). Como decía Píndaro: «Llega a ser lo que eres». O como decía el Oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo y descubre tu propia medida»; conoce, pues, tu propia condición humana y asume la medida, el límite, que a esa condición de hombre corresponde.

Yo sostengo, en la línea de la filosofía del límite que desde hace años vengo desplegando, que ese «imperativo categórico» debe formularse así: «Obra de tal manera que tu máxima de acción se ajuste a tu condición (humana) de límite y frontera del mundo; o de habitante de la frontera».

Frente a los individualismos de corte anglosajón, que padecen una cuota de abstracción demasiado aciaga, el concepto de persona es permeable al nexo de relación en que se realiza esa condición humana (limítrofe) que nos es propia. La persona, pues, asume los marcos comunitarios e intersubjetivos en que se halla de mucho mejor modo que el concepto moderno (de raíz aristotélica) de individuo. En este punto, como en tantos otros, el estoicismo introduce una modificación importantísima en la vieja filosofía griega. No en vano el estoicismo alcanzó un concepto de libertad mucho más determinado y moderno que el (inexistente, por excesivamente sociológico) concepto antiguo, platónico y aristotélico, de libertad.

El concepto de individuo, en su abstracción, lleva consigo, como reacción, una concepción de lo común igualmente reductiva y abstracta. Como ya avancé en Meditación sobre el poder, al concepto de Individuo corresponde, como su contraplacado negativo, el concepto de Colectividad. Los colectivismos son la reacción que corresponde a los excesos del individualismo. A las robinsonadas (tan deploradas por Marx) del individualismo liberal corresponden las terribles y deplorables inflexiones hacia un colectivismo con gérmenes totalitarios. Los desafueros de éste (sean marxistas, o nacionalistas, o racistas) determinan, de nuevo, por puro efecto de bumerán, un retorno al individualismo como el que en esta última década se ha producido. Pero lo importante es conseguir salir de ese desatinado dilema entre Individuo y Colectividad (o entre el individualismo liberal que auspicia aquél y el colectivismo de izquierdas o de derechas, marxista o nacionalista, que fomenta éste). Se trata de abrirse a otro mundo (como diría mi amigo Juan Antonio Rodríguez Tous): un mundo en el cual, más allá de Individuos y Colectividades, puedan asentarse, sobre firmes bases filosóficas totalmente renovadas, el concepto de Persona, y un nuevo concepto de Comunidad que a ésta corresponda. Tal comunidad sería una densa y compleja trama (nunca susceptible de univocación por la vía que sea, socioeconómica o «nacionalista») de personas que reconocen mutuamente a su dignidad en el hecho de constituirse cada una en máscara a través de la cual resuena la voz de ese Imperativo categórico, incondicional, que nos conmina a realizar nuestra Medida Humana, o nuestra condición (limítrofe) de habitantes de la frontera; frontera entre la naturaleza y el mundo; o entre el mundo y el misterio.

Esa comunidad es, sobre todo, una comunidad de sentido que se expresa en aquel conjunto de relatos y narraciones a través de los cuales nos constituimos en sujetos. Sujetos de narraciones, y sujetos «referidos» por narraciones que otros cuentan sobre nosotros. Nuestras vidas son relatos: expresiones lingüísticas ligadas a «formas de vida», para decirlo al modo del segundo Wittgenstein. Y en ese ser sujetos de narración y relato se cifra también nuestra propia dignidad. De esa materia sutil, etérea y burbujeante de los relatos y narraciones que somos (en tanto que seres comunitarios, o del común), no es posible derivar ninguna entidad dura y esencialista (como propender los metarrelatos nacionalistas). Las comunidades en las que estamos y somos son campos de fuerzas en las que los relatos se van cruzando y entrecruzando. La totalidad de aconteceres de éstos: eso es lo que podría llamarse, interpretando libremente el concepto del Tractatus, «nuestro mundo»; o en general el mundo.

Eugenio Trías es filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

 


CULTURA
Martes, 17 de febrero de 1998
EL MUNDO periodico

Erice destaca la pasión que inunda el nuevo libro de Eugenio Trías

El director de cine presentó ayer «Vértigo y Pasión», un libro en el que el filósofo analiza el cine de Hitchcock

ANGEL VIVAS

MADRID.- El director de cine Víctor Erice presentó ayer en la Fnac el libro de Eugenio Trías, miembro del consejo editorial de EL MUNDO, Vértigo y pasión (Taurus), dedicado al cine de Hitchcock. Erice destacó la pasión como un elemento que está presente en este último libro de Trías, igual que estaba en Lo bello y lo siniestro; pasión que, para Eugenio Trías, es la fundadora de la acción, el principio de todo empeño comunitario.

El director de El Sur trazó un paralelismo entre Eugenio Trías y el protagonista de Vértigo. Trías confiesa en la introducción de su libro que tuvo reticencias para escribirlo, igual que el personaje de James Stewart las sintió a la hora de aceptar el encargo de seguir a Kim Novak. Erice definió la película de Hitchcock como «una de las grandes tragedias de la historia del cine».

Para Erice, la mirada del otro es primordial en la poética de Hitchcock, el cual, como dijo Truffaut, es alguien que mira la vida.

Erice recordó una anécdota del rodaje de una película de Hitchcock que mostraba la minuciosa previsión de éste. A consecuencia de su costumbre de beber una botella de champaña en las comidas, se quedó dormido en una escena. El actor Joel McCrea dio la orden de cortar en el momento oportuno; Hitchcock se despertó en ese momento y dio por buena la escena. «Tenía un conocimiento técnico del cine muy profundo y trataba de erradicar el azar en sus películas», dijo Erice.

Ese empeño no impidió que el azar interviniera en alguna de sus películas. Así, en Vértigo era Vera Miles la actriz para la que se había pensado el papel principal que acabaría haciendo Kim Novak. Según el director español, en la película se percibe el miedo de la actriz para enfrentarse al personaje. «La vemos temblar plano a plano, y en esa emoción añadida vemos la esencia del personaje. La película no se concibe sin Kim Novak».

Víctor Erice concluyó definiendo a Hitchcock como un cineasta esencial, un inventor de formas, un director inasimilable a ningún género que no sea el propio género Hitchcock.

Eugenio Trías calificó también a Vértigo como una tragedia y, a la vez, una película de género; y destacó la capacidad de su director para «mostrar sutiles procesos mentales a través de imágenes», algo que ya apuntara Truffaut. Trías destacó también la importancia que tiene la música en esa película que él ha seguido desglosándola en movimientos como los de una composición musical.


CULTURA
Martes, 17 de febrero de 1998
EL MUNDO periodico


Erice destaca la pasión que inunda el nuevo libro de Eugenio Trías

El director de cine presentó ayer «Vértigo y Pasión», un libro en el que el filósofo analiza el cine de Hitchcock
ANGEL VIVAS

MADRID.- El director de cine Víctor Erice presentó ayer en la Fnac el libro de Eugenio Trías, miembro del consejo editorial de EL MUNDO, Vértigo y pasión (Taurus), dedicado al cine de Hitchcock. Erice destacó la pasión como un elemento que está presente en este último libro de Trías, igual que estaba en Lo bello y lo siniestro; pasión que, para Eugenio Trías, es la fundadora de la acción, el principio de todo empeño comunitario.

El director de El Sur trazó un paralelismo entre Eugenio Trías y el protagonista de Vértigo. Trías confiesa en la introducción de su libro que tuvo reticencias para escribirlo, igual que el personaje de James Stewart las sintió a la hora de aceptar el encargo de seguir a Kim Novak. Erice definió la película de Hitchcock como «una de las grandes tragedias de la historia del cine».

Para Erice, la mirada del otro es primordial en la poética de Hitchcock, el cual, como dijo Truffaut, es alguien que mira la vida.

Erice recordó una anécdota del rodaje de una película de Hitchcock que mostraba la minuciosa previsión de éste. A consecuencia de su costumbre de beber una botella de champaña en las comidas, se quedó dormido en una escena. El actor Joel McCrea dio la orden de cortar en el momento oportuno; Hitchcock se despertó en ese momento y dio por buena la escena. «Tenía un conocimiento técnico del cine muy profundo y trataba de erradicar el azar en sus películas», dijo Erice.

Ese empeño no impidió que el azar interviniera en alguna de sus películas. Así, en Vértigo era Vera Miles la actriz para la que se había pensado el papel principal que acabaría haciendo Kim Novak. Según el director español, en la película se percibe el miedo de la actriz para enfrentarse al personaje. «La vemos temblar plano a plano, y en esa emoción añadida vemos la esencia del personaje. La película no se concibe sin Kim Novak».

Víctor Erice concluyó definiendo a Hitchcock como un cineasta esencial, un inventor de formas, un director inasimilable a ningún género que no sea el propio género Hitchcock.

Eugenio Trías calificó también a Vértigo como una tragedia y, a la vez, una película de género; y destacó la capacidad de su director para «mostrar sutiles procesos mentales a través de imágenes», algo que ya apuntara Truffaut. Trías destacó también la importancia que tiene la música en esa película que él ha seguido desglosándola en movimientos como los de una composición musical.